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El Espectador (Febrero de 2006)

 

Alejandro Lerner y Tomás Betín, del consagrado al debutante

ENTRE EL BLANCO Y EL NEGRO

Por Fernando Araújo Vélez

En los tiempos en que Alejandro Lerner no dejaba de estrellarse contra el mundo, preguntándose quién manejaba la balanza del bien y del mal, Tomás Betín apenas era un niño de cinco años que jugaba béisbol en las polvorientas calles de Cartagena. “Durante todos estos años, la vida me ha terminado dando mucho más de lo que soñaba”, decía Lerner la semana pasada, para recordar luego que un día cualquiera, porque sí, dejó en sus canciones aquellas batallas internas que lo ahogaban, cambió de rumbo y empezó a cantarle más al amor de todos los días.

Betín lo conoció tarde, cuando aquel “Qué difícil se me hace, mantenerme en este viaje, sin saber a dónde voy en realidad... ” ya era un himno antiguo de los existencialistas universitarios. Igual, en aquella Cartagena de finales de los 80 plagada de vallenatos, merengues y porros, Lerner era poco menos que un intruso, y Betín, un aprendiz de loco que oía lo que nadie había oído. De contrabando, fue conociendo a Charlie García, a León Gieco. Se obsesionó tanto que jugaba a ser Lerner, con los teclados de Lerner, o a ser Charlie con sus dinosaurios. Y se ancló ahí, para repetirle a quien quisiera escucharlo, que “los 80 fueron el asesinato de los 60”. Cuando empezó a estudiar música en la escuela Don Bosco, 2° Callejón de Manga, a pocas cuadras de su casa, ya sabía que haría carrera como “músico fracasado”. “Siempre fui un inadaptado, y un inadaptado caribe, que es peor que cualquier cosa, porque acá todo es alegría, baile, bulla”.

Para Lerner todo fue melancolía. El tango, los miles de inmigrantes que dejaban tras de sí sus orígenes y el pasado, y luego las dictaduras, la Guerra de las Malvinas. “Madre me voy a la isla”, cantaba pocos meses después de que Galtieri, borracho en el balcón de la Casa Rosada, les declarara la guerra a los ingleses en el 83. “Muchos amigos y conocidos murieron allá”. Él podía haber estado en cualquiera de las listas telefónicas de alguno de los 30 mil desaparecidos de la última dictadura. Podría haber terminado, como ellos, en el fondo del Río de la Plata, envuelto en una bolsa negra de plástico. Se salvó, simplemente porque siempre fue un tipo tocado por la buena fortuna, aunque eso no significó que hubiera dejado de decir y cantar lo que pensaba. Por más bajo que cayera, tarde o temprano encontraba un tiempo para “Volver a empezar, que aún no termina el juego”, como le cantó a finales del año pasado a Diego Maradona.

Betín también ha vuelto a empezar mil veces, más allá de que jamás hubiera sido señalado como una amenaza para el sistema. “Yo soy el último diablo y soy el último dios”. El mismo se ha encargado de eliminarse por momentos, sobre todo en las noches de los viernes, cuando se emborracha con sus amigos para inventar mil situaciones y una canción, o a la mañana siguiente, cuando cualquier vecino le sugiere que cambie de música porque con sus letras ninguna emisora lo va a promover. “Pero en Bogotá todo será diferente, allá habrá más espacio para lo distinto”, responderá él, soñando de nuevo. Entonces preparará su equipaje de tres camisetas y dos jeans, su guitarra Yamaha, unos cuantos ahorros, y se subirá en el primer bus de línea que salga para la capital.

Esta semana los dos, Lerner y Betín, estarán en Colombia. Uno, en los grandes escenarios con nombres que ya se han ido convirtiendo en leyenda, Pablo Milanés y Piero. El otro, en un bar del centro de Cartagena, rodeado de sus compañeros y amigos de universidad, tocando con él casi gratis, como lo hicieron para su último disco, “Su sana forma de darme su amor”.

 

 
 
 
 

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