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ANÁLISIS
Por Rodrigo Araújo*
A
Luisita, in memoriam, para dejar que corra libre un manantial de corazón...
En lo que sigue
haremos un análisis (inicial, es de alguna manera una prueba de sentido
hermenéutico y de aplicación metodológica más o menos libre) de los textos
de cinco canciones contemporáneas hechas en Cartagena de Indias.
Su compositor es el periodista y músico Tomás Betín, quien
apenas hace algunos meses grabó su primer cd como solista, después de haber
integrado y liderado la agrupación Bar, cuyo sonido estuvo siempre ligado al
rock y al blues. El trabajo de Betín como solista guarda todavía mucha
relación con ese sonido, que parece ser su sello distintivo, a pesar de
albergar también experimentaciones latinas, cercanas al latin rock y, en
ocasiones, al mismo latin jazz.
Es, por supuesto, un gesto de juventud, y está marcado por
un notable cuidado letrístico (el cuidado musical es también notable, por
supuesto, en términos de armonía y ejecución instrumental) plegado casi
siempre a la mordacidad irreverente y, por otra parte, fiel a un sendero que
ninguna clase de música, afortunadamente, podría descartar: el amor.
Su título es Su sana forma de darme su amor, sintagma que
ya empieza a sembrar una jocosa anfibología, puesto que se trata de una
mujer (Susana...) cuya forma de amor se pone de relieve, pero también de la
sana forma con que ella da su amor. Se trata de un chiste erótico-médico, si
se quiere, que en la portada de la producción se hace evidente: en ella
aparece Betín recibiendo (con la boca abierta) unas pastillas que una mano
femenina le brinda. Nos interesa, quizás por la orientación de los
presupuestos teóricos que estamos siguiendo y por el interés sociocultural
que académicamente nos mueve, lo que hay en esta producción de actitud
crítica ante hechos o realidades sociales.
El cd contiene diez canciones; la segmentación que hemos
hecho corresponde a ese interés que hemos mencionado. Analizaremos esas
cinco canciones desde el punto de vista de la cognición, que hace parte de
la terminología utilizada por Teun Van Dijk, el estudioso más influyente del
Análisis del Discurso.
Echemos, entonces, un breve vistazo al análisis del discurso, que sus
propios teóricos gustan de abreviar con las siglas: ACD. De gran importancia
para la historia de la lingüística, puesto que trasciende las perspectivas
del estructuralismo y de la teoría chomskiana (es decir, tanto la
perspectiva de un –presunto- sistema de lengua como aquella que introduce el
análisis oracional como límite de los estudios linguísticos), el ACD se ha
convertido en la mejor herramienta de estudio del lenguaje en tanto fenómeno
social, y en tanto (en ese mismo sentido) vehiculizador de discursos, es
decir, performatividades con evidente carga ideológica y cognitiva; es
decir, en tanto promotor y consecuencia objetiva de diversas mentalidades.
El espíritu del ACD, evidentemente, es confesamente crítico y no niega haber
nacido, de hecho, en el seno de la izquierda política europea. En esta
medida se comprende que gran parte de sus iniciativas (aquellas que en rigor
pertenecen al análisis
crítico del discurso, desarrollo elaborado de una previa fase descriptiva)
correspondan a una actitud de defensa política (he ahí su sesgo confeso) de
los menos favorecidos y los discriminados de toda índole. El ACD trabaja a
partir de algunos conceptos amplios y operativos, y además rastreables
mediante sus dispositivos de investigación, a saber: poder, ideología (s),
discriminación, sociedad, estructura (s) discursiva (s), cognición (social),
conocimiento, actitudes, y otros pormenores que resultan de las
especificaciones analíticas correspondientes que elija cada investigador.
Cada uno de estos elementos está en circulación en el mundo de la
comunicación y la interacción, de tal modo que para el ACD se hace necesaria
una intervención de naturaleza analítica: rastreará esos poderes, esa
discriminación, esas estructuras discursivas (que son las que guardan la
carga comunicativa que el ACD identifica con poder y discriminación, etc. ),
esa (s) ideología (s), ese
conocimiento y esa cognición.
Nos interesa, de acuerdo a lo anterior, no tanto la
discriminación y el poder (en todo caso implícitos), como el enfrentamiento
que se puede presentar entre “bandos” ideológicos y cognitivos, en tanto
propuestas de visión social del mundo que divergen. Tal enfrentamiento se
produce, por supuesto, al nivel del discurso, y entonces hablaríamos de una
cognición (que incluye la noción de ideología y la de conocimiento, y
también la de actitudes) impugnada (el término proviene del lenguaje
jurídico pero creemos que no es abusivo utilizarla como metáfora de disenso)
y una cognición de origen, aquella desde la cual performa el sujeto o la
obra o la textualidad que desarrolla su discurso crítico.
Es decir, en nuestro caso la modalidad crítica del ACD se
ocuparía de rastrear cómo un discurso diverge respecto de otro, o,
simplemente, cómo un discurso determinado (en nuestro caso aquél que
sustenta las cinco canciones anunciadas) se expresa en oposición a una
mentalidad o a unas
mentalidades de uso corriente, o que en todo caso han interesado a ese
discurso por el sólo hecho de ser un discurso (opuesto, ironizable,
impugnable) pues ellas también. En esta discusión discursiva hay fuertes
dosis de ironía, de irreverencia, de espíritu lúdico, y, en suma, de
escritura, ya que el compositor de los temas que revisaremos parece hacer,
antes que canciones, poemas urbanos muy vitales.
Escribe Van Dijk en uno de sus escritos programáticos:
“( ... ) el ACD también ha de explicar las distintas formas de la
cognición social que comparten estas colectividades sociales (el autor se
refiere a los diversos grupos sociales que pueden tener uno o unos discursos
específicos, marcados, influyentes, reproductores o desmovilizadores de un
orden, etc.): conocimiento, actitudes, ideologías, normas y valores. Pese a
que se han escrito muchos libros sobre estas “representaciones sociales”,
aún sabemos de hecho muy poco sobre sus concretas estructuras mentales y
sobre cómo controlan dichas estructuras la producción y la comprensión de
los textos (...). Asumo que este control adopta fundamentalmente dos formas,
una forma directa y una indirecta. De este modo, los elementos relacionados
con el conocimiento o con la actitud pueden expresarse directamente, en su
forma general o abstracta, como sucede por ejemplo en las oraciones de
carácter general que son características de la docencia y de la propaganda.
Nos interesa, particularmente, del texto anterior, lo
relativo al conocimiento, las actitudes, la ideología, las normas y valores.
Además, también, lo relativo a la propaganda. En algunos fragmentos de Betín
encontramos, de hecho, una impugnación a elementos que bien pueden
constituir, en cierta medida, un asunto de propaganda, mediática, pero en
general ideológica, y que, en todo caso, producen un cierto control y
dominio en las estructuras vitales y societales de la gente común y
corriente, y léase esto como gente no necesariamente capacitada ni
interesada ni dispuesta (ni con la necesidad de) a establecer respecto de
ello una relación crítica, sea estética o de cualquier índole discursiva.
Como es notable, nos interesa entonces lo que puede realizar un discurso
respecto de otro, así como la natural entreveración que se produce entre
componentes como la cognición misma, el conocimiento social, las ideologías,
las normas y los valores. En últimas, por supuesto, se trata de un
enfrentamiento de propagandas, de una contienda lúdica (de la cual
reseñaremos sólo el componente impugnador, es decir, el discurso de Betín)
entre un ethos y otro. Y tendríamos que reconocer, entonces, el nivel
existencial y expresivo de las propagandas en sí mismas; tendríamos que
reconocer, en este orden, que la etimología misma de propaganda: difusión,
mostramiento de un mensaje, venta (pero no necesariamente venta en sus
sentidos peyorativos, coercitivos o prostituyentes, etc., sino en términos,
más bien, de difusión libre de imaginarios, etc.) ayuda a entender lo que
podemos llamar un código, un sistema de enunciación.
Será también interesante asumir el discurso de las
canciones de Betín como un discurso lúcido concebido en plena juventud, y
dígase algo, que debe ser un patrón psíquico para todos los intelectuales
jóvenes: tal juventud y tal lucidez se entreveran de acuerdo a las
influencias de la cultura, a los influjos que otros discursos han tenido
sobre quienes aprenden la lección de la expresión, la poética de la
enunciación antineutral e imaginativa en tanto propuesta estética.
Así (propaganda loable dentro de la propaganda, discurso
dentro del discurso, intertexto emocional-cultural del texto explícito) son
visibles en Betín los rastros asumidos de autores como Fito Páez, Joaquín
Sabina, Charly García, Spinetta, Pedro Guerra y el mismo Silvio Rodríguez,
por mencionar sólo algunas influencias.
El corte número 5, llamado “Caja menor”, de temática
socio-urbana, focalizada en la existencia de los niños de la calle, víctimas
de un sistema al cual luego ellos responden probablemente con agresiones
proporcionales a ello (aunque por supuesto puedan ser desproporcionadas,
haciendo una lectura convivencial y jurídica, si se quiere), a esa fatídica
circunstancia, tiene el siguiente texto, que impugna y a la vez describe,
con solvencia de imágenes (puesto que estamos hablando, en últimas, de un
modo de poesía) lo referente a ese mundo específico, mundo en el cual está
incluido, por supuesto, el fantasma del supuesto orden público, que se hace
reproductor de un sistema tan conocido por su supuesta respetabilidad como
por su (en otros sentidos, quizás) inoperabilidad, o incluso inepcia. La
posición de Betín, mediada por la ironía ideológica, es de condescencia y
humanidad solidaria respectos de estas víctimas (¿de cuántas cosas son
víctimas, al cabo?). Es la posición de un
ciudadano con sensiblidad, lucidez enunciativa, y ante todo solidaridad.
Ante todo su discurso sería solidario, sin intelectualizar demasiado. Es
entonces el siguiente:
“escóndete en tu puerta privada. bajo su caja de cartón duerme él, un
criminal. su goma mercenaria y su batman serán tu mal, sus diez años en
harapos te abordarán.
policía: radios, rejas y tanques. ayúdeme: palos y
revólveres. policía: uzis, cascos, aviones. protéjame: derechos, cargos y
leyes.
jura que puede matarte en sus juegos. irá a patear tu
cabeza como un balón. sus pies de terrorista descalzo, las flores en su
ombligo de ladrón.
policía: carros, motos y luces. sálveme: juicios, gentes
y jueces. policía: paros, peros y pares, y a mis bienes... patria, honra y
porqués”.
Imaginemos, entonces, una cognición (y ya sabemos cuánto
cruce conceptual permite la disposición de la cognición) del tipo de: los
niños de la calle son peligrosos y no sólo peligrosos sino existencialmente
molestos, etc. Tal cognición tiene como contraparte algo a todas luces
absurdo: la esperanza de que el supuesto orden público haga algo, tome poder
o posición, etc. Una desesperanza desconsiderada unida, pues, a una
esperanza ingenua y que contradice muchas veces la realidad urbana, en la
que la supervisión policial, a veces, nada tiene nada de esperanzable.
Y cuidado: no se trata de creer, contrafactual e
ingenuamente también, que los niños de la calle no son, en efecto,
peligrosos en gran medida (lo cual depende de muchos factores) o que no
puedan constituir un gran desorden. Es obvio que en muchas ocasiones nuestra
cognición inevitablemente desplaza el discurso solidario. Ahora bien,
quienes pueden asumir tal actitud suelen desposeerse de la actitud de
conmiseración y solidaridad que quizás deba funcionar para paliar, siquiera
emocionalmente, o antropológicamente, el problema o parte del problema. La
actitud, entonces, vendría a actuar allí donde quizás muy pocos elementos de
acción reales nuestras podrían funcionar como solución real al problema. Es
contra una cognición desolidarizada que interviene la poesía social de
Betín: puede que no meta las manos al fuego necesariamente por la
indigencia, etc., pero en todo caso su sensibilidad está atenta a releer el
discurso policivo para contrarrestarlo así como para contrarrestar el
discurso del temor irreflexivo del ciudadano estándar que no quiere saber
nada del tema.
En “Let’s play” escuchamos lo siguiente:
“ya te he visto entre la gente como un sale de boutique.
me has dejado luces como lentejuelas al menú. al moverte vibras al marshall,
sabes donde podemos bailar.
let’s play...
quizá en tu cabeza dos libros de cuauhtémoc (sic). seas
racista, facha o de apellidos de algún club. pero mi sofá estará al compás
de tu fanky (sic) sofistrónica”.
Se trata de un texto verdaderamente irónico, aunque en un sentido distinto
al anterior; su contenido no es exactamente social, aunque haya algo de ello
implícito. Y bueno, la ironía, y la moralidad irónica que propone Betín se
detecta sobre todo al final de la canción, cuando entendemos (y es
perfectamente comprensible, desde un eros definitivamente no ideologizado)
que a pesar de la impugnación del ethos ideológico de este personaje
aludido, que es o puede ser una mujer plástica y superficial (mentalmente
superficial, etc.), y a pesar de la cognición que representa, etc., es
posible, sin embargo (y no deja de haber un humor muy humano en todo esto)
algún romance de sofá, que ni quita ni pone, es decir, que no hace que esta
mujer (reproductora de un orden social y un imaginario ampliamente difundido
no solamente, ni más faltaba, entre esta clase de mujeres, sino entre mucha
gente, hombres y mujeres ) deje de ser, ideológicamente, lo que es, y que
por supuesto la eleva (o la re-sitúa en) a la condición universal de mujer,
de simplemente mujer.
Diríamos, hilando delgado, que mientras Betín impugna el
discurso facho y superficial de ciertas mujeres de boutique ( y lo malo no
es que sean de boutique, sino que sean fachas y activamente racistas...)
defiende su condición femenina, claro, toda vez que el poeta-compositor o la
voz lírica, pueda disfrutar de ello (...). En este sentido, la actitud de
sospecha ideológica disminuye en la medida en que el objeto criticado se
transforma en o vuelve a ser la mujer erótica, que la biología y el discurso
del hombre rara vez impugnaría. Pero en todo caso, volviendo al otro
segmento analítico, tenemos en la anterior canción un mensaje (que más allá
de que sea claro o no tan claro por ejemplo en dicho texto nunca se nos dice
que se trata de una mujer, es elíptico en este sentido) decididamente
contestatario respecto de aquella cognición que pueda consistir en los
fascismos y los racismos, etc. Y todo esto es todavía más impugnable,
nótese, en la medida en que el personaje de la canción es una caricatura de
joven (independientemente de si es también una caricatura de mujer, asunto
difícilmente reconocible en una lectura audición corriente) que tiene basura
literaria en su sensorium y habita un segmento social muy dado a la
superficialidad clasista, facha y racista. La cognición de Betín tendría que
ser la siguiente: la esperanza de que el ser mujer del personaje impugnado
pudiera acompasarse buenamente con algún grado de humanidad independiente de
la sexualidad; una humanidad respetuosa: una humanidad humanitaria, de
alguna manera. La cognición desde donde impulsa su discurso Betín diría: por
favor, un poco más de humanidad en estas mujeres de lentejuelas...
“No me jodas”, corte número 7 de la producción
discográfica que estamos revisando, el cual desde la irreverencia del título
abre, de hecho, el apetito discursivo y analítico, dice así, y estamos
convencidos que por respeto al cd, y para mayor objetividad, no sobra
transcribir completamente los textos de las canciones, los cuales son, por
lo demás, convenientemente breves:
“puedes anunciarme tu mundo: deportistas, bancos y
estrellas, desde el tercer canal veo tus lujos y cuando haces caridades cada
fecha, y somos libres, y podemos ser felices, y ver la tele y esperar el
lunes.
constrúyete un cohete espacial, lanzarlo en haití no tiene
ciencia. hazte un chip, un carro y un fax, y modélate una nueva consciencia
y arma una misión, algo con demagogia. mira que hay gente que tiene hambre y
te agobia.
no me jodas, no me jodas, todos saben que nada está bien, no me jodas, no me
jodas, que hoy está todo peor que ayer.
háblame con fe de tu guerra: yo te pago mi impuesto
moral, no al rock, ni tetas, ni hierba, pero sí un misil que cruce el mar. y
escuchen niños lo que dice la escuela: volar al otro para evitar la
tragedia”.
Como vemos, el espectro de impugnación es amplio y duro,
directo, a pesar de algunas imágenes que ponen el discurso en situación
también estética. Es criticado aquí el mundo del lujo, el mundo de la
tecnología más o menos deshumanizada, el mundo de la demagogia, el mundo de
la insensibilidad (antisolidaridad) social. Es un texto claramente político
(quizás porque lo que menos nos interesa es saber qué filiación política
específica tiene el poeta), que además en términos de su sonido musical y su
armonía, y aun de su melodía y de su ritmo (o sea de sus componente
disciplinariamente musicales), es también fuerte, de sonido grueso. Todo
esto es concomitante del peso específico del mensaje. Definitivamente, un
tema de esta índole no precisa una armonía politonal, o llena de una
epistemología armónica y/o rítmica soft o puramente estética; precisa de un
lenguaje global igualmente fuerte. Sólo así el mensaje puede surtir algún
efecto, aunque en términos de las palabras que contiene el asunto se
autoexplica con bastante solvencia. Betín es claro: No me jodas, no me
jodas, que nada está bien, no te mientas, etc. Y cabría especificar: si las
cosas están mal (imaginemos que están mal) es por culpa de aquello que
impuga su canción, a lo cual debe añadirse el fundamentalismo religioso. Se
pone de presente, además, lo que las nuevas generaciones están escuchando y
tal vez aprendiendo: volar al otro para evitar la tragedia. He ahí el ida y
vuelta de la cognición: una cognición humanitaria y juvenil contrapuesta a
una cognición deshumanizada y deshumanizante, con el agravante de ser una
cognición de la superfluidad también. A la tragedia de la sensibilidad
deshumanizada opone Betín su poética desinteresada, lúdica, irónica y
musical. Desconociendo lo que la teoría estética griega haya creído o
enseñado, definitivamente, nada más alejado de la tragedia que la música...
La penúltima canción que revisaremos se titula: “Canción irreal”, que parece
ser una alegoría de un país latinoamericano que bien podría ser Colombia, o
cualquier otro. Convengamos en que pueda ser Colombia. El texto opera en un
nivel de irrealidad, en términos, digamos, kafkianos:
“había una vez un pueblo muy sufrido y marginal, sometido
por un rey muy malvado y muy sagaz. el rey tenía rabia y quería ver sangre
de su pueblo derramada más de la que solía ver.
y los muertos decían: “no queremos al rey ni a los reyes
de espada ni la guerra ni nada ”.
érase un pueblo cercado, muy mártir, muy desigual, con
otro reino en el bosque donde los reyes de espada. los reyes tenían rabia y
querían ver sangre de su pueblo derramada más de la que solían ver”.
A juzgar por situaciones como las de bastantes naciones
del mundo, entre las cuales destaca la demencia gubernamental y
antigubernamental de Colombia, vemos que de irreal no tiene nada, y es
clarísima, además, como el agua clara que cura las heridas, etc. Dos bandos
que quieren sangre y que tienen rabia.... Tal es la cognición de la guerra,
aunque tal guerra sea, en el caso de nuestro país, una guerra
gubernamentalmente defensiva (en principio). Pero cuando ambos bandos se
defienden, implica tener que ver más sangre derramada de la que se ha
derramado. Con su tono de leyendita, es el tema más contundente de la
producción, además de ser el que más toca la sensibilidad del auditor lector
latinoamericano. Recuerda, por su contextura falsamente fabulosa y
directamente cifrada, a las canciones que los artistas argentinos se vieron
en la obligación de construir para defenderse psíquicamente del régimen
dictatorial en los años 70’s y aún después, a propósito de malestares
sociopolíticos de diversas índoles.
El ida y vuelta de la cognición: impugnar el malestar político (cognición
social difundida en ciertas personas y en ciertas entidades, dentro de las
cuales está el mismísimo gobierno) desde una cognición que se deduce por
contraste: la cognición o capacidad ideológica para entender al país desde
un régimen distinto al que produce, necesariamente, sangre. Desde el régimen
de la libertad y la crítica. Desde la poesía; desde la música.
El último tema que nos interesa, “Dr. Oga”, hunde su poética discurso en el
problema, ya bastante manido y al parecer insolucionable, de las drogas.
Dice así:
“yo soy el último diablo y soy el último dios, cuando se
cansen de pensarlo los habrá acabado el ethos. vienen los años veinte,
¿quién será el criminal? La edad media se siente, nena te voy a embrujar.
siempre obediente, tercer mundo. es cobarde. caen las
bombas. ilegal. los congresos. el sueño es una cárcel.
¿qué le espera al joven mario si en el supermarket compra?
si luce bien de sicario, ¡colombia’s problem all right! dr. Oga tu medicina;
dr. Oga tu enfermedad. nena, si ya me cultivas me vuelvo buena hierba”.
Si decíamos que el tema anterior es de hecho el más claro
de todos y además el que más toca la sensibilidad del ciudadano
latinoamericano y colombiano, este último tema analizado por nosotros es, de
alguna manera, un poco elusivo. Su tema central es tan evidente como
escurridizo su sentido de la crítica que vehiculiza y del sentido irónico
que utiliza. Diablo, Dios, ethos, años veinte, criminal, edad media,
embrujar, tercer mundo, cobarde, bombas, congreso, cárcel, joven, sicario,
colombia’s problem, medicina, enfermedad, cultivo, hierba: claves del
mensaje plural que denuncia al mismo tiempo la cobardía de un tercer mundo
plegado y disminuido, las alternativas pobrísimas de muchos jóvenes (sicariato
pero también las drogas mismas, entendidas no en un sentido ritual
antropológico sino en un sentido disolvente, perjudicial, bajamente
evasivo), la medicina de la droga y su curandería pasajera, la enfermedad
que constituye, un supuesto ethos ( ¿higienismo gubernamental?) que denuncia
pero no soluciona nada, ni antropológicamente ni socioculturalmente, en
términos objetivos, y al final, como colofón misterioso y todavía más
irónico, la mención de un erotismo al alcance de los tiempos, posiblemente
(entenderíamos esto así) tan hecho de medicina como de enfermedad... La
droga como práctica (incluso como práctica antropológica) es una cognición,
también lo es su condena, así como también lo es la textualidad de Betín,
que parece encarar todo lo que hemos dicho en un solo paquete
semiosociocultural. Su texto realiza un retrato (un tanto hermético) de una
sociedad que no conoce la calma ni la estabilidad, de unos sujetos a la
deriva que no tienen cura para una enfermedad cuya nocividad no ha sido del
todo responsablemente bien definida, en un territorio cobarde como el
nuestro (continente americano, Latinoamérica, Colombia, acaso el mundo
entero...) en donde cae permanentemente la bomba de un poder inescrutable
que nadie sabe cómo asumir, ni cómo encarar, ni cómo atacar. Queda el
embrujo juvenil de la palabra, claro, que ya es de por sí la cognición más
valiente; el conocimiento más plausible. Y, de nuevo, el de la música, cuya
potencia va mucho más allá de lo verbal e implica siempre lo más orgánico
que poseemos.
Sirva entonces este pequeño estudio para bienvenir definitivamente la
producción de Betín (actualmente se está trabajando en la venta del cd a
casas disqueras, etc., razón por la cual es de esperar que salga rápidamente
al mercado) en el ámbito cartagenero, colombiano y latinoamericano, y para
saber detectar en él la información sociocultural más creativa y pertinente
que se pueda pedir. Hemos realizado varias cosas a la vez: una reseña de los
temas más mordaces del disco y una aplicación de una hermenéutica, o una
parte de esta hermenéutica, teórica a un acontecimiento comunicativo de
nuestra inmediatez cultural. Hemos también, entre líneas, puesto de presente
el feliz matrimonio que puede contraerse entre música y literatura. La
sensación que esperamos quede en el lector es, cuando menos, la siguiente:
un poco de teoría, un poco de música y un poco de significación
literariodiscursiva. Y también un juego de cogniciones: el segmento del
análisis del discurso que hemos comentado y aplicado libremente, la
cognición de Betín, y la nuestra también, es decir, la perspectiva
metodológico explicativa desde la que trabajamos.
* Escritor y
músico, estudiante de literatura de la Universidad de Cartagena.
Wodak, Ruth y Meyer, Michael. Métodos de análisis crítico del discurso.
Barcelona: Gedisa, 2003. p. 167.
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